El mundo en mis maletas

¿Sabéis? Yo de joven llevaba la única Yamaha RD80 con maletas laterales de toda Barcelona. Los pizzeros y los mensajeros me miraban con una mezcla de sorpresa y estupor en los semáforos. Las usaba para hacer el reparto de género de la papelería de mis padres. “El mensajero pijo”, me llamó algún motero acercándose a mi en alguna esquina. Y no eran unas maletas cualquiera, no. Eran unas estupendas Krauser. Los más viejos del lugar sabrán a qué maletas me refiero. Desafortunadamente se desintegraron en un accidente.

Tras unos años acarreando macutos y mochilas, y con más practicidad en la cabeza que gusto estético, decidí montar mi primer topcase en… una CBR600F del 92. Pecado mortal, ya lo sé. Pero la Maxia de 40 litros me permitía guardar dos cascos y transportar los pesados libros de texto hasta la facultad. Por cierto, los cascos desaparecieron una tarde de domingo misteriosamente de dentro de la maleta…

Y muchos años después, apareció en mi vida la primera trail de verdad, la BMW F800GS. Y aquí sí que no había ninguna duda: en las trails los topcase quedan de fábula. Me decidí por uno de la marca, el vario que permite ajustar el volumen de la maleta. Y no estaba mal, no. Pero cuando comencé a viajar -generalmente hacia el Norte- se me quedó corta. Las maletas laterales se hacían necesarias. Yo sabía en aquel momento qué tipo de maletas necesitaba. Unas de aluminio. Tanto por estética -no vamos a negar que tienen un look muy aventurero- como por funcionalidad: los anclajes de plástico de las maletas de plástico acaban cediendo si usamos la moto por pistas. Así que el aluminio era el material elegido. En aquella época un amigo, tomando un refresco en Soria, tras un fin de semana en moto por la provincia, me dijo: “si tuviera que elegir unas maletas, no tengo ninguna duda de cuáles me parecen las más bonitas”. Acto seguido sacó el móvil y me enseñó una foto de las Trax de SW-Motech. En ese momento quedé absolutamente prendado de esas maletas.

Mis Trax llevan conmigo cinco años y más de 200.000 kilómetros, entre la 800 y las dos 1200 que he tenido desde entonces. Afortunadamente han recibido pocos golpes, aunque alguno se han llevado. Sus anclajes han sufrido las pistas de Albania, las de los Alpes y alguna que otra más, pero las maletas lucen orgullosas en mi nueva Adventure. Cada centímetro cuadrado de aluminio me evoca una historia en forma de pegatina. Cada raspón me recuerda una aventura. Han pasado muchos kilómetros y muchos países por ellas. Han sido todo mi mundo durante muchos viajes. Que tienes razón, quizá no sean lo más cómodo para adentrarse en el caótico tráfico de una gran ciudad. Es cierto que sin ese lastre de hojalata avanzaría más rápidamente entre las hileras de coches en los atascos. Pero ahora también me miran en los semáforos. Les veo recorrer con la mirada las pegatinas de mis Trax. Berlín, Varsovia, Noruega… Ahora las miradas no son de estupor sino de envidia. Y es que yo, tengo el mundo en mis maletas.

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